Noemí no responde al estereotipo clásico de detective con gabardina, sombrero y cigarrillo en una esquina. Es la investigadora privada que hace pocos días logró localizar a Gina, una menor víctima de un complejo caso de sustracción parental internacional. Aunque está acostumbrada a buscar personas desaparecidas fuera de España, nunca antes había investigado el caso de una niña.
Lejos del relato heroico, explica el caso con prudencia y sin dramatismos. En su investigación no hubo grandes golpes de efecto, sino intuición, escucha y muchas horas de trabajo. “Para encontrar a Gina tuve que entender desde dónde actuaba su padre”, afirma. “Pensar como él fue la clave”.
Noemí dirige Croma Detectives y acumula más de quince años de experiencia en la búsqueda de personas desaparecidas y en investigaciones complejas, tanto en España como en el extranjero. En este caso, antes de buscar un lugar concreto, consideró imprescindible entender a la persona que se había llevado a la menor: su historia, sus carencias y los motivos que podían estar detrás de sus movimientos.
La familia de Gina acudió a ella cuando el caso ya estaba denunciado y la vía judicial activada. La menor había sido sustraída por su padre y presumiblemente trasladada fuera de España. La investigación oficial avanzaba, pero los tiempos no siempre se ajustaban a la urgencia de la situación.
Antes de actuar por su cuenta, Noemí decidió contactar directamente con los Mossos d’Esquadra para saber en qué punto se encontraba el caso y valorar si era posible trabajar en paralelo. Después de un primer momento de cautela, se abrió una vía de colaboración, siempre respetando los límites de cada parte: la investigación policial, condicionada por los procedimientos oficiales y las comunicaciones internacionales, y la privada, con más margen de movimiento sobre el terreno.
Esta diferencia fue decisiva. Las fuerzas de seguridad no podían desplazarse fuera de España para actuar directamente, mientras que ella sí podía viajar, presentarse en el país donde sospechaba que se encontraba la niña y comenzar a hacer comprobaciones. Al llegar, tuvo que insistir para que el caso fuera tenido en cuenta por los sistemas locales y para que se activaran correctamente los canales de comunicación.
La localización de Gina no tuvo nada de escena de película. Fue un momento de alivio, tensión y emoción contenida. “Sabía que estaba cerca, pero hasta que no la vi no me permití sentirlo del todo”, explica. Cuando confirmó que era ella, la alegría fue inmensa, pero también la responsabilidad. Localizarla solo era una parte del proceso.
Después de encontrar a la menor, Noemí no se marchó. Continuó implicada en el caso, trabajó ante el Tribunal de Menores de Nápoles para facilitar el retorno de Gina a España y acompañó a su madre, Laia, durante más de dos semanas de visitas, trámites y esperas. “No podía desaparecer”, dice. “Había llegado hasta allí con ellas y no tenía sentido dejarlas solas en ese momento”.
Este acompañamiento no formaba parte de ningún contrato ni presupuesto. Para Noemí, el trabajo de un detective no termina necesariamente cuando se localiza a una persona. “Hay un después que también importa”, defiende. También reconoce que ver tan de cerca el dolor de la familia la afectó profundamente.
El costo del caso también fue uno de los grandes dilemas. La investigación implicó desplazamientos internacionales, semanas de trabajo y una dedicación casi exclusiva. Aun así, Noemí adaptó sus honorarios a las posibilidades de la familia. “No todo puede ser gratis, pero tampoco todo se puede medir con dinero”, afirma.
Ahora, mientras el caso de Gina comienza a encarrilarse en los juzgados, Noemí ya trabaja en la búsqueda de otra menor fuera de España. Da pocos detalles por prudencia: “Las búsquedas necesitan silencio para poder avanzar”.
La familia de Gina asegura que sin ella no lo habrían logrado. Noemí recibe este agradecimiento con discreción. Dice que solo hizo lo que creía que debía hacer: implicarse cuando había una niña, una madre y un tiempo que jugaba en contra. Por ello no habla del caso como una victoria, sino como una responsabilidad. Encontrar a Gina fue esencial, pero acompañar a la familia hasta el final fue, según ella, lo que dio sentido a todo.
